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sábado, 27 de diciembre de 2014

LOS DESEOS DE SOL




















LOS DESEOS DE SOL

 

 

 

 

 

Un cuento inspirado en el Árbol De Los Deseos de
Marta Minujín








































Sol no entendía bien porque para determinada época del año la 
gente enloquecía en las calles. Era siempre cuando comenzaba 
el calor y ya no necesitaban taparse con todo lo que encontraban, 
ella, su mamá y sus tres hermanitos, para poder dormir en las 
noches frías. Hasta con los diarios que  juntaban para luego 
vender y comprar comida se tapaban para poder dormir, 
amuchados, debajo de aquel puente que era su  techo… el techo
de su casa: unas lonas viejas amarradas con pilas de piedras, y 
sostenidas con trozos de ramas gruesas , y el techo implacable 
de sus ilusiones. Desde la mañana, en la vereda que se ubicaba 
para extender su mano para pedir una moneda, veía pasar a la 
gente  en su incesante deambular por los negocios. Salían con 
paquetes y bolsas multicolores con moños vistosos, sin prestarle 
ninguna atención.
Con sus seis añitos, entendía poco y nada de navidades y mucho
de sufrimiento y hambre. Algunos nenes que a veces se paraban 
un instante a hablar con ella, mientras las madres compraban, le 
habían alcanzado a decir que estaba por llegar Papá Noel  para 
dejar debajo del arbolito los regalos que habían pedido para la ocasión. 
Sol no entendía bien, esto de un papá llamado Noel porque ella
nunca había tenido un papá. Tampoco le habían aclarado lo del arbolito. 
¿Cuál arbolito? Había muchos en las calles, pero debajo de ellos sólo 
veía, en los atardeceres, bolsas de residuos que revisaban para ver 
que podían sacar y utilizar. Nunca había visto regalos debajo de 
ningún árbol.. 
Sol estaba confundida, parece que ese papá llamado Noel, le hacía 
regalos a todos los nenes, menos a ella y sus hermanitos.
Quizás era porque no los conocía… Lo cierto es que le dieron 
muchos deseos de encontrarse con él y de decirle que ella también 
quería regalos.
Regalos, para toda su familia también. Regalos, regalos, pero ¿qué 
regalos podía pedir ella, que no tenía nada, que muchas veces no 
podía dormir porque la panza vacía duele? ¿Pediría  comida?¿Alguna 
muñeca con la que jugar? Imaginaba que poder jugar con una muñeca 
debía ser algo muy lindo…¡En fin, tantas cosas quería pedir: un 
par de zapatillas menos rotas que las que usaba, unas donde no entrara 
el agua cuando lloviera! Claro que más necesario era algún lugar donde
 poder vivir, por chiquito que fuera, o quizás, más importante que todo 
eso fuera un papá, un papá común como el que suelen tener los otros 
nenes que sí viven en casas y no debajo del puente.
Así eran las disquisiciones de Sol, hasta que una noche, el cielo se 
iluminó de todos los colores posibles, con luces que hacían complicadas   
y fugaces cabriolas para desaparecer, de repente, en la oscuridad .
De repente, se escuchaban ruidos tremendos que la hacían estremecer. 
Todo eso debía ser por algo… algo importante, como la llegada de ese 
papá de todos los chicos, menos de ella y sus tres hermanitos, al que 
todos llamaban Noel.
Se durmió tarde en la madrugada, cuando las luces en el cielo se apagaron 
definitivamente, y la panza dejó de protestar porque no le había puesto 
nada adentro. Se durmió y soñó que Noel se había enterado que tenía 
cuatro hijos más que vivían con su mamá debajo de un puente.

Esa mañana, cuando despertó, vió que un señor bastante mayor hablaba, 
en la acera, con su madre en voz baja… la conversación le pareció larga, 
el hombre lloraba y su madre tenía un gesto en su rostro que Sol no 
alcanzaba a descifrar. En un momento alzaron la voz, él pedía por favor y 
decía que iban a tener todo lo que necesitaran, que no tuviera ningún 
temor, ella decía que no entendía que se proponía, que era un disparate.
Luego de un rato, parecieron ponerse de acuerdo, el hombre giró y desapareció 
unos minutos para volver en un coche enorme y muy lustroso y su madre 
se metió dentro de la lona que hacía de carpa,  tomó a los cuatro y les dijo: 
“Nos vamos, que Dios nos proteja”, los subió al coche,  y el señor mayor 
arrancó raudo….


Sol Jiménez Howard Anzoátegui, Jiménez por parte de madre, exitosa 
arquitecta que se dedica a la construcción de casas sustentables para 
una Fundación que auxilia a los sin techo, es una de los cuatro hijos
adoptivos de Noel Howard Anzoátegui, destacado ingeniero, millonario de 
alta alcurnia que habiéndose casado, ya mayor, con una jovencita de 
su clase, enviudó y perdió a sus hijos cuando un  terrible accidente aéreo
los transportaba, desde Brasil, para reunirse en Nochebuena, luego de 
vacacionar una semana en las playas de Ipanema. El hombre, luego de 
atravesar dos años una profunda depresión, decidió una Nochebuena poner 
fin a sus días y cuando estaba por apretar el gatillo del arma que pondría fin 
a su infinito dolor, vino a su mente el rostro de una niñita de cara sucia y 
pelo enredado que  mendigaba en una de las calles por las que solía pasar con 
su coche, cuando iba al cementerio.  


Pasaron muchos años que aquella circunstancia. Noel Howard Anzoátegui, 
padre de seis y no de todos, volvió a sonreír y ser feliz. Ya no está en este
mundo, tampoco Amalia Jiménez, que más que una empleada fiel y eficiente, 
fue una amiga  y la mujer que le permitió volver a tener su casa con risas 
de niños y sentirse vivo y padre vigente otra vez.

Sus cuatro herederos, todas personas de bien, tienen mucho trabajo en 
la actualidad, especialmente cuando se acercan las fiestas navideñas 
porque no olvidan  ni su origen ni el dolor que produce la panza vacía.



 A veces, del cruce de la miseria más tremenda con la soledad que devora las 
entrañas, ó la desesperación que llega a inducir desear la muerte, puede nacer
 la felicidad absoluta, aquella que no sólo nos hace bien a nosotros sino que
 también les es útil a los demás, en especial a aquellos que están atravesados 
por la desdicha y la miseria.







A. B.



















DEJO AQUÍ, A QUIEN CORRESPONDA, MI  PEDIDO PARA 
ESTAS FIESTAS:



¡Qué no haya mas gente con hambre y sin techo en ningún
lugar del mundo!





Tengo otros pedidos para formular, pero los haré en el 
próximo cuento....










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domingo, 21 de septiembre de 2014

PATASLARGAS
















PATASLARGAS

 

 

 

 

 

Cuento corto 

 

 

 

 

 

 

 














Siempre supo que iba a ser una amazona. Cuando abrió sus ojos al mundo vió a su madre y seguramente, antes que el rostro de su padre, el de algún  brioso potrillo de los tantos que poblaban la enorme estancia familiar. La suya era, como se decía allí, en Carlos  Casares, una familia de a caballo. 
El que le enseño a montar y cabalgar fue el abuelo Melchor, que la llevaba, en las
doradas mañanas de estío, a recorrer las interminables hectáreas de La Blanqueada.  Fue él, el que le regaló un petiso, cuando cumplió los 6, ante la mirada atónita, desaprobadora y de pocos amigos de su madre. Ese día su padre no estuvo. Como casi siempre, se hallaba en la capital manejando los múltiples negocios familiares y  con su amante de ocasión. A su madre, la única indiferente a los caballos,  solo la entusiasmaban los autos y los largos viajes a Europa.  De su infancia el mejor recuerdo era indudablemente ese descendiente lejano de gringos aquerenciados en Argentina, criollo como ningún otro.
Por las mañanas él en el manchado y ella en su  petiso  cabalgaban campo traviesa hablando cosas de niñas, cosas de abuelos y, por supuesto, de caballos.
Cuando Melchor vio sus progresos con Manso, así se llamaba el petiso, premió a su nieta con un potrillito al que ambos vieron nacer en la caballeriza, con la ayuda de Don Evaristo, el veterinario de la estancia. Ella le eligió el nombre. Luego de mucho pensar y cambiar ideas con su abuelo se decidió por Pataslargas… A Melchor no le pareció  muy adecuado pero al final aceptó porque ya había decidido que en ese punto se iba a hacer la voluntad de su nieta. Patalargas se entendió con la niña desde el primer momento. Al poco tiempo se habían transformado en perfectos compañeros de aventuras, el parecía interpretar  hasta sus deseos no expresados. Ella odiaba tomar clases de inglés y francés y clases de danza… sólo quería  montar a Pataslargas y sentir la brisa dando de frente en su rostro mientras imaginaba que su caballito era el más veloz del mundo. A la hora de la siesta a veces lograba escaparse, lo iba a buscar y con la ayuda cómplice de algún peón lo montaba y juntos iban a recorrer ese, su mundo ancho y verde lleno de luz y de sol.  Pero el destino le tenía preparada una sorpresa. Una tarde, el caballo y la niña  se alejaron más de la cuenta, esa día Pataslargas parecía volar, y ella, excitada y feliz,  estimulaba a su caballito con  una arenga que  él parecía comprender y acatar…
_ “Más rápido, más rápido,  más rápido…”
La carrera, se volvió desenfrenada… Nunca antes se había sentido así. Era una sensación  salvaje de libertad absoluta.
“Si este momento  pudiese ser para siempre”, pensó.

Lo que sucedió después nunca lo pudo o quiso relatar. A la tarde su madre y Melchor notaron su ausencia y salieron a buscarla, asustados, con la ayuda de la peonada. Melchor dedujo que estaría cabalgando con su inseparable compañero, el que él le había regalado.
Cuando caía la tarde la encontraron tirada en medio del campo,muy alejada del casco. Estaba inerte, pálida y apenas respiraba. Muy cerca, Pataslargas intentaba arrastrarse hacia la niña,con una tremenda fractura expuesta y una herida muy profunda en el cuello… Agonizaba. El rastro de sangre que había dejado en el césped  mostraba que  se había deslizado 3 o 4 metros hacia la niña en un esfuerzo supremo por acercarse a ella.
El sufrimiento de Pataslargas terminó en ese mismo momento, de la manera habitual en estos casos.
Una ambulancia aérea llegó en forma urgente a recoger a la niña

Después de varios meses de incertidumbre por su vida, se supo que estaba fuera de peligro y que podría volver a la estancia con un par de personas capacitadas que ayudarían en su recuperación. Se había salvado pero ya no volvería a cabalgar… ni a caminar.
Entonces, se dedicó con ahínco a estudiar inglés y francés y comenzó a tomar clases de  dibujo y pintura. Quería dibujar caballos, quería dibujar a Pataslargas. Se volvió taciturna, perdió la sonrisa. Miraba la inmensa alfombra verde, a través de la ventana de su cuarto, siempre con lágrimas en los ojos porque ya no la iba a poder recorrer con su fiel compañero. Al abuelo Melchor, su otro compinche, también lo extrañaba. Preguntó por él cuando volvió del sanatorio y le dijeron que había tenido que ausentarse repentinamente y no se sabía cuando iba a retornar. Y no lo volvió a nombrar porque supo de inmediato que se había ido al mismo lugar que Patalargas pero no se atrevían a decírselo.
Hay tristezas que algunos abuelos no soportan y entonces se van.
Todas las noches entre llantos se dormía pidiéndole a Dios  volver a ver a los dos y poder estar un rato largo con ellos, cabalgar en el cielo, si no se podía en la estancia.
Pero Dios debía estar ocupado porque no la oía…
Un día un camión llegó a la estancia con un enorme encomienda que la tenía como destinataria. Su padre, ese que no veía nunca, le enviaba un regalo por su cumpleaños con una tarjeta donde prometía ir a visitarla cuando se encontrara un poco menos ocupado con sus negocios.  Quienes la cuidaban rompieron el llamativo envoltorio y cuando comenzó a asomar el presente se le paró el
corazón: Un brioso corcel de brillantes colores, enorme, y y muy adornado asomaba desafiante, como queriendo escaparse del soporte que lo sostenía y con el cual quedaba firme al piso.
No sabía si reír o llorar, si alegrarse o enojarse, todo lo ocurrido detonaba otra vez en su mente al abrirse la enorme caja que contenía el curioso regalo de su padre.
La madre puso el grito en el cielo. Desde el accidente su malhumor se había acentuado bastante. Ordenó con voz imperativa:“quiten este mamotreto de la vista de todos, esto es una burla de ese desalmado”
Lo estudió otra vez y le pareció que el caballo la miraba de reojo como esperando su reacción. Por primera vez desde el accidente se volvió a sentir viva, le latía fuertemente el corazón.

Entonces, terminante, en un alarido, gritó: “No, es mi regalo y se queda en este cuarto conmigo”

La madre la miró entre sorprendida y furiosa, dio media vuelta y se fue farfullando en voz baja. “Es difícil contradecirla después del accidente”, pensó. 
El caballo quedó en su cuarto.
Durante el resto del día estuvo distraída  y no prestó atención a ninguna de sus profesoras.Esa noche se quedó dormida sin llorar, o quizás no se quedó dormida, no supo bien como fue, lo cierto es que de repente vio a Pataslargas dentro de la habitación, acercándose para que lo montara. Ella quiso decirle que no podía pero Melchor apareció de la nada y con sus brazos enormes y fuertes la subió con suavidad mientras le decía: “que tu madre no se entere…”

Parece que Patalargas tenía muchas ganas de cabalgar porque esa noche atravesaron los campos de La Blanqueada bajo la luz de la luna, como nunca antes lo habían hecho mientras otros caballos aparecían de la nada y se iban uniendo en esa cabalgata  tan repentina como misteriosa. “Estoy viva, estoy viva”, gritaba feliz. Con la primera luz del alba retornaron, ambos estaban exhaustos. Creyó ver  entre las sombras a Melchor bajándola  del caballo y acomodándola  con cuidado en la cama. Volvió a sentir su piel curtida y áspera rozándole la mejilla con el beso ruidoso de siempre.  Estaba inmensamente feliz… ¡Había pasado tanto tiempo!. 
Cuando la despertaron, con el desayuno antes de decir “buen día” pidió que lo llamaran urgente al padre y cuando estuviera en línea le pasaran el teléfono.  Cuando al rato lograron la comunicación  se dirigió al padre de manera sucinta:  “papá, gracias por el regalo, pero está incompleto, necesito que me envíes urgente otro caballo. ¿Cuándo crees que  podré tenerlo conmigo?” Y no agregó nada más. Con la promesa del padre cortó y pidió que reacomodaran las cosas en la cuarto ya que en unos días se iba a necesitar lugar para colocar un nuevo envío que iba a llegar a la brevedad. 
Ese día pidió no tomar clases porque dijo sentirse cansada…  y se pasó el día mirando deslumbrada al caballo que parecía querer comenzar a galopar desde su soporte.
Esperó con ansias la noche. Cerró los ojos y quedó expectante… Cuando el sueño la estaba por vencer, con  una voz queda y un tono cómplice musitó como si tuviera alguien al lado: “Melchor, abuelo Melchor, en unos días vamos a tener tu caballo y podremos cabalgar juntos otra vez”, y sintió nuevamente sobre su rostro la piel áspera  y el beso ruidoso y tan querido y esperado de siempre.

Cuando bajaban las sombras, en un cuarto de La Blanqueada  todo volvía a la normalidad….

Mientras tanto en el pueblo los campesinos, alarmados, comentaban  que algunos de ellos habían visto, en las noches, correr una tropilla salvaje conducida por una niña y un viejo y que a la luz de la luna brillaban y parecían de plata.




 A.B.

 

 

 

 

 

 

 

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domingo, 24 de agosto de 2014

EL COLECCIONISTA DE JARRONES CHINOS

 

 

 

 

 

 

 

 

EL COLECCIONISTA DE JARRONES CHINOS
















Había salido sin rumbo fijo. La tarde estaba templada e invitaba a caminar. Sus pasos la llevaron, automáticamente, a aquel barrio que solía frecuentar en compañía de su ex, el curador de arte asiático, hace un par de años.
En aquel tiempo sus visitas a lugares plagados de artículos venidos de oriente eran frecuentes. Luego, cuando su historia de amor terminó, ya no volvió a pisar esos lugares. Pero esa tarde, un impulso la había llevado de nuevo allí.
Estaba todo igual, pero nada era igual… No entendía que hacía  otra vez mirando las vidrieras a través de las cuales cientos de budas  de diversos materiales  le sonreían mientras los simpáticos caballitos voladores amenazaban  con batir las alas y huir hacia el infinito en busca de un destino más acorde a sus expectativas. Cada vidriera le devolvía un poquito de la historia que había terminado cuando se negó a acompañar a Jian Yi  a China. Él quería que su madre y su hermano la conocieran, y ella no se atrevió a seguir adelante.
Jamás pensó que lo iba a extrañar tanto.
En eso estaban sus pensamientos, cuando sintió que una mano la tomaba del brazo y no la dejaba avanzar. Giró la cabeza, sorprendida, e inmediatamente sufrió una decepción, por un instante pensó que Jian Yi había regresado…
Quien se aferraba a ella era un anciano oriental que parecía tener mil años al menos, casi no podía tenerse en pie. Lo miró sorprendida, y ante su silencio, le preguntó si le pasaba algo, si se sentía bien. El anciano tenía la mirada perdida, no contestaba,  parecía no comprender o no poder hablar, algo le ocurría. Miró alrededor buscando un policía que la ayudara pero no vio a ninguno. Insistió con sus preguntas pero la respuesta fue el silencio.
De pronto, un vendedor del negocio frente al cual estaban parados y que había estado observando a través de los vidrios del local, se acercó y dijo: - “¡Es el coleccionista de jarrones chinos! Hace tiempo que no nos visitaba, no está bien de salud…” 
Ella le preguntó si conocía donde vivía para llevarlo a la casa,allí sus familiares sabrían que hacer.  Solícito, el vendedor entró al negocio y volvió con una dirección escrita en un papel… La conocían porque allí hacían los envíos de
sus compras. Ella agradeció, paró un taxi y con la ayuda del vendedor subieron al anciano al auto y partieron.  Intentó que el anciano hablara durante le viaje, pero fue en vano. Cuando llegaron,  se bajó del auto, y luego de corroborar que el lugar era el de la dirección escrita en el papel, tocó el timbre. Una mucama de la misma nacionalidad salió a atender. Al ver al anciano en el coche, se anticipó: - “siempre ocurre lo mismo, sale a buscar jarrones para su colección y se pierde, tiene los problemas de la edad.  A sus 94,  está perdido la mayor parte del tiempo, pero los jarrones son su obsesión”. Le solicitó ayuda para bajarlo y ella accedió. Pagó al taxista y entre las 2 lograron entrar al anciano a la casa. ¡La casa parecía un museo de arte asiático! Imposible describir lo que se veía. Nunca había estado antes en un lugar así. No quedaban allí espacios libres! Sus ojos se pasearon incrédulos por los maravillosos jarrones y las exóticas figuras que se apretaban en el amplio recinto que hacía las veces de sala de estar.
En ese instante pensó de nuevo en Jian Yi.
Cuando se encontró entre sus cosas el anciano pareció recuperar la memoria, sus ojos adquirieron un brillo increíble; su rostro le regaló una sonrisa amable y agradecida y con voz queda la invito a tomar un té. Llamó a la mucama y en mandarín  le dijo algunas palabras.  Mientras le agradecía – ya se había dado cuenta lo que había pasado porque no era esa la primera vez – la invitó a sentarse y le contó. Wei Jun, así dijo llamarse -, era un coleccionista de jarrones chinos. Siendo un adolescente un monje le había contado que en el Tíbet un sabio había encontrado la fórmula de la juventud eterna, y ante el temor de que la misma cayera en manos de gente mala que lo acosaba para robársela, la escondió en el doble fondo de un jarrón. El jarrón, por error, se mezcló entre otros, y ya nunca más se supo de ella. El sabio, del disgusto murió sin haber dejado nada  para reproducirla. Wei Jun creció en China obsesionado por la historia y cuando tuvo edad suficiente se echó a andar por el mundo buscando el jarrón . Así sus averiguaciones constantes lo trajeron finalmente a Argentina donde, se suponía que podía estar esa pieza, depositaria de la maravillosa fórmula. Tanto buscar jarrones, Wei Jun, comenzó a reparar que los mismos eran bellísimos y entonces se las arregló, con la ayuda de la ciencia y la tecnología, para indagar si tenían doble fondo y la fórmula en su interior, sin necesidad de romperlos Esa era la razón por la que su casa estaba atestada de jarrones, tan bellos como valiosos, a los cuales amaba y de los que no estaba dispuesto a desprenderse. Había también muchos otros objetos de arte oriental. Con el tiempo se había convertido en un importantísimo coleccionista ya no solo por necesidad sino también por amor a la belleza que había aprendido a apreciar.
Cuando Wei Jun terminó su té y su relato, se acomodó plácidamente en el sillón y se quedó dormido. La mucama volvió, y no pareció sorprenderse. Entonces ella decidió retirarse, pero antes extrajo de su cartera una tarjeta y se la dejó a la mucama por si el anciano llegaba a necesitar algo.  Salió a la calle. Ya anochecía.  Paró el primer taxi que pasó y retornó a su casa. Estaba sorprendida con lo que había ocurrido. Esa noche pensó mucho en Jian Yi. No se lo podía sacar de la cabeza.
A la mañana siguiente sonó el teléfono cuando aun dormía y al
atender, una voz que le pareció reconocer le pedía disculpas por el llamado y le anunciaba que Wei Jun nunca se despertó de lo que se suponía era un sueño momentáneo. La mucama estaba consternada, y quería agradecerle nuevamente por haberlo llevado, el día anterior, a que muriera en su hogar. Se despidió con voz llorosa y cortó.
No supo bien porque, pero lloró amargamente por la muerte de aquel viejecito que había dejado su vida detrás de una fórmula que seguramente no existía. Y estuvo mal unos cuantos días, sin saber bien si era por Wei Jun, por Jian Yi,  por los dos o quizás por ella misma que no era capaz de perder su vida por nada ni por nadie…
Era tiempo de reflexión.

Habían pasado aproximadamente 2 meses cuando un llamado
desde un número desconocido, le anunciaba en su contestador que debía presentarse en día y hora determinados en un estudio de abogados con documentos que acreditaran su identidad.
Pasada su sorpresa se comunicó con el  estudio porque pensó que se trataba de una confusión, pero le corroboraron la cita sin darle ningún otro detalle.
El día señalado, luego de mucho dudar, concurrió de muy malhumor. ¡Allí también habían algunos orientales! Pensó que algo extraño estaba ocurriendo en su vida últimamente. Veía chinos por todas partes y le sucedían cosas extrañas con ellos…
Le ofrecieron un té mientras esperaba, pero lo rechazó con fastidio.¡Al diablo con la cortesía oriental!
Al rato la hicieron pasar a otro despacho. Allí le anunciaron que se había abierto el testamento de uno de sus clientes recientemente fallecido y en él se designaba única heredera de una importantísima colección de jarrones a  la última persona que hubiera llevado sano y salvo de regreso a su hogar al dueño de la misma, quien sufría perdidas de memoria frecuentes y era regresado muchas veces a su hogar, por gente desconocida. La otra heredera, su mucama de toda la vida porque al cliente no le quedaban familiares vivos,  había proporcionado los datos para encontrarla a través de una tarjeta y daba fe de lo ocurrido el día anterior al fallecimiento. El abogado continuó hablando durante un rato pero ya no pudo entender nada más, lo que acababa de oír la superaba, creyó que se desmayaba ahí. ¿Qué iba a hacer con cientos y cientos de jarrones?  Se acordó del ofrecimiento y reclamó el té que le habían querido servir un rato antes. Y así, con el té chino, tragó como pudo la noticia que la convertía en la dueña de los valiosos jarrones.
Fijaron día y hora para continuar con el trámite y salió casi corriendo, necesitaba refugiarse en su hogar. No habían sido buenos los últimos tiempos, el recuerdo de Jian Yi no la dejaba en paz y ahora esto.
Cuando llegó la noche, se conectó a la red, miró algunas páginas irrelevantes y cuando ya estaba por salir se le ocurrió abrir su email. Varios mensajes la estaban aguardando, un par de newsletters,  un par de amigas, ese sujeto pesado que quería salir con ella e insistía a pesar de sus negativas y un mail desconocido que estuvo a punto de marcar como spam: nuncateolvide@gmail…. . Sin embargo, se arrepintió a último momento y lo abrió.  El remitente le decía que hacía meses que no podía dejar de pensar en ella, que regresaba a Argentina a reconquistarla porque el corazón le decía que ella aún lo amaba como él a ella y que cuando estuvieran juntos le iba a contar la verdadera razón por la cual había viajado cuando se conocieron.  Decía que se trataba de una historia singular sobre un sabio y una fórmula que era necesario hallar. Se disculpaba por no continuar el relato por el mail, ya que iba a tener que convencerla de la veracidad de la historia y prefería hacerlo personalmente. Daba fecha y hora de vuelo y rogaba que lo fuera a esperar al aeropuerto. El mail era extenso pero ella
ya no entendía lo que leía…  Se había puesto a pensar que de un día para otro era la poseedora de una magnífica colección de jarrones chinos, una suegra ,un cuñado y toda una familia de ojos oblicuos que no hablaban español pero que  seguramente querrían conocerla a la brevedad y por primera vez en mucho tiempo, se sintió feliz, inmensamente feliz.












A. B.













Como los jarrones que la heroína del cuento recibió de Wei Jun son muchos 
los vas a poder ver en el próximo post.






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domingo, 15 de junio de 2014

LA SONRISA








LA SONRISA

 

 

De mi cofre de infinitas fantasías no alumbradas....

 

 

 

 

 








Había una vez una muchacha triste. Tan triste que se había
olvidado como sonreír. Todos a su alrededor hacían lo
imposible por sacarla de su lamentable estado, pero sus
 esfuerzos eran infructuosos. Una noche, cuando el sueño
había vencido sus párpados, se le apareció el hada de un
cuento de su infancia que su abuela solía relatarle cuando
algo la acongojaba. El hada en cuestión tenía habilidades
muy especiales ya que venía del País De Los Deseos Cumplidos
que queda en una galaxia vecina a la nuestra. Llegó el hada
y sin decirle palabra alguna la apuntó con su varita mágica
y la muchacha despertó. A continuación hizo un extraño
gesto apuntando a la luna, redonda como un plato, que asomaba
por la ventana y un sendero de luz lunar se extendió frente
a ambas. El hada lo señaló y la muchacha supo que debía
levantarse y comenzar a transitarlo. El hada iba adelante. Fue
un viaje raro, pues no era necesario caminar, era el sendero el 
que se deslizaba, como si fuese una cinta sin fin. Debieron haber
recorrido un largo camino hasta su fin, entre infinidad de estrellas 
de todos los tamaños y colores porque el lugar al que llegaron nada 
tenía que ver con este mundo nuestro. Era curioso y bello, bellísimo, 
con pájaros multicolores de sedosos plumajes, y con una vegetación 
exuberante con flores y frutos enormes que jamás había visto. 
El perfume que se desprendía era intenso... hermoso.
Corría una brisa suave y fresca con  brillitos de colores que hacían
relumbrar todo el bosque. Una música de mbiras y koras parecía oírse
 a los lejos...
Comenzaba a sentirse curiosamente bien, la tristeza parecía menos
pesada a medida que avanzaba, siempre detrás del hada.
Recorrieron un largo trecho, ella caminaba sobre un suelo que
resultaba mullido por el tapiz de hojas y pasto y el hada ni apoyaba
sus piececitos en el suelo... se deslizaba de a saltitos, de rama en rama.
Por fin el hada se detuvo y señaló con su varita en la dirección en
donde se abría un claro Y allí estaba ella, la reina de las hadas,
sentada en un trono de amatistas y diamantes engarzados en exóticos 
metales de inusual colorido y textura. La reina la miró
fijamente y luego con una voz que recordaba el sonido de las
caracolas al acercarlas al oído, le dijo: - “Se que eres
una muchacha triste... eso no está bien, las mujeres son la alegría
del mundo, no estas cumpliendo con aquello para lo cual te han dado 
la vida... Tenemos que solucionar eso inmediatamente,  porque el 
Universo entero pierde su armonía cuando hay mujeres tristes. Por 
eso voy a darte algo que va a hacer que todo aquel que te mire te 
sonría con afecto y simpatía y recibirás tantas sonrisas que el contagio 
será inevitable y tu también sonreirás y la tristeza te abandonará para
siempre, porque las sonrisas que nacen del corazón son el mejor 
espanta-tristezas que se conoce en esta y todas las otras galaxias.”
Entonces extendió su mano y entregó al hada que se había ubicado 
a su lado, un pequeño cofre...
-“Y deberás recordar siempre este encuentro aunque lo mantendrás 
en silencio. Alguien, a quien yo dejaré instrucciones, lo contará un 
día lejano por ti, pero como un cuento, para que  la gente crea que 
solo se trató de una fantasía - no podemos recibir a todas las 
muchachas tristes de tu mundo porque no tenemos suficientes 
espanta-tristezas -  y para que tengas siempre presente esta condición 
que te impongo te daré algo más, que llevarás contigo y te 
recordará tu paso por este  planeta  verde de bosques encantados 
y nuestro amoroso encuentro.”
Dicho esto, el hada  trazó en el aire un círculo con su varita
y  todo alrededor  pareció desvanecerse en un instante.
Ya no estaban la reina de las hadas, ni el planeta verde de bosques
 y tampoco había camino de luz lunar para volver.... ¡Y ni rastros 
del hada de la infancia! Sólo infinitas lucecitas multicolores que 
parpadeaban en medio de la oscuridad del cuarto produciendo un 
curioso resplandor intermitente..
Cuando salió del estado de estupor,  la muchacha intentó encender 
la luz  del velador, pero chocó con algo frío que estubo a punto de 
caer al piso pero alcanzó a rescatar justo cuando se deslizaba por el
 borde de la mesa. Volvió a intentarlo con más cuidado, tanteando,  
 y ya con  la luz tenue encendida pudo ver el objeto con que habían 
chocado sus dedos....

















Desde un  extremo de la cómoda, su abuela, a quien había perdido hace
años, le sonreía plácidamente desde aquella foto vieja que había hecho enmarcar, unas semanas atrás, porque la extrañaba más que nunca. 
















¡Y ya nunca mas volvió a ser una muchacha triste!




(Este post continuúa debajo del separador...)









EL COLLAR DE LAS SONRISAS  QUE LA REINA DE LAS HADAS OBSQUIÓ A LA MUCHACHA TRISTE


























































LA  PULSERA DEL PLANETA VERDE DE BOSQUES ENCANTADOS


























































Y colorín colorado.....


¿Te gustó?








domingo, 25 de mayo de 2014

EN EL CAMINO DE LA ARBOLEDA










EN EL CAMINO DE LA ARBOLEDA

 

(Otro cuento de madrugada) 

 

 

 









Hacía tiempo que la vida le estaba haciendo zancadillas.  y parecía no querer darle respiro. La habían despedido
del trabajo, se le había vencido el contrato de alquiler
del monoambiente amueblado que rentaba en los suburbios y la dueña le había dicho que no le iba a renovar.
¿Renovar qué? No podía renovar, había perdido el trabajo. A Fossati, el dueño del drugstore, le
habían bajado mucho las ventas, y lo habían asaltado
tres veces en el transcurso del año, por lo cual había decidido despedir a dos de las tres empleadas y comenzar a cerrar durante la noche. Resultado: ella, por ser la última en entrar había sido la primera en salir.
¡Si por lo menos el amor la acompañara! Pero no,  el último novio, había resultado igual que el primero, el
segundo, el tercero…
Ya se lo habían dicho su madre y su tía Cata, la que nunca se casó: “los hombres son todos iguales, una vez que consiguieron lo que pretenden, se vuelan”… Y el último se había volado. Sí, se había volado con el plasma que había logrado comprar en cuotas y la cámara de fotos que había sacado en una rifa de su  club de futbol, del cual la había hecho fanática su padre, cuando vivía.

¡Todo mal! Con su madre no podía volver, estaban mortalmente enfrentadas por diferencias conceptuales profundas…

¿Cómo seguir? ¿Dónde ir? ¿A quién recurrir? Todas preguntas sin respuestas. 

Con el contrato de alquiler vencido y la dueña llamándola todos los días, sin trabajo, sin novio, y ahora hasta sin televisor se dijo: “llegó el momento de levantar la carpa
y buscar nuevos horizontes” Algo había que hacer. De un día para otro se encontraba en la calle y sola en el mundo.

Sacó la valija de debajo de la cama y colocó desprolijamente y  a las apuradas, las cuatro gastadas pilchitas que componían su vestuario. Retiró del tarro de arroz los pocos pesos enrollados en un plástico que se habían salvado del novio saqueador; contó los escasos billetes  y se desesperó: no tenía ni para pagar una semana en una pensión.

No lo pensó demasiado: “¡Me voy a la m…..  y que sea lo que Dios quiera, peor no puedo estar!”

“¿Dios? ¿Qué Dios? Dios no atiende a las chicas  pobres” farfulló mientras cerraba la valija. Cortó la luz,  cerró la llave del gas, se puso la plata en el morral y, valija en mano, se fue derecho a la casa de la dueña del monoambiente y le entregó las llaves. Fue un trámite rápido porque la dejó hablando sola de las cuentas de los servicios, posibles daños y algunas otras cosas que no entendía muy bien porque había comenzado a sentirse de forma extraña: le dolía la cabeza y estaba algo mareada…

Hacía casi dos días que no comía… Por un momento creyó que se iba a desmayar. Estaba asustada, no tenía rumbo alguno.  En un momento sintió  que el piso comenzaba a flotar y se le nublo, por un instante, la vista  ¿Se venia el desmayo?  ¿Qué hacer?
“Un taxi, me tomo el primer taxi que pase, si me desmayo arriba, seguro me va a llevar a un hospital”
Cuando el taxista le preguntó con voz ausente
“¿Adónde vamos?”, sintió un deseo incontrolable de abrir la puerta y tirarse, ¡no tenía donde ir! El hombre la miró, desconfiado, por el espejo y repitió la pregunta, impaciente.
Titubeando y en forma casi inaudible respondió: “A la  terminal”
Y el taxista: “¿A la terminal de ómnibus?”
“Si, si” replicó ella con un hilo de voz. Necesitaba desplomarse en el asiento y poner la mente en blanco, recuperarse, porque el malestar no cesaba. Cerró los ojos y debió haberse quedado dormida porque la voz del taxista reclamando de forma perentoria el importe del viaje la sobresaltó.
Pagó con un par de billetes del escuálido rollito
que había guardado en el morral. Tomó su valija, bajó
y comenzó a caminar desorientada; nunca había estado ahí. Una señora, al verla sin saber a donde dirigirse le
indicó el lugar de las ventanillas de venta de pasajes creyendo que era lo que ella buscaba. La miró con una mirada vacía y nada más porque el malestar  le impidió  agradecer.
Sólo quería acomodarse en algún lugar y descansar.
Como una autómata se dirigió a las ventanillas. ¡Había mucha gente alrededor, parecían apurados, hablaban, gesticulaban y ella se sentía tan cansada!  Alguien, sin querer la empujó y quedó justo en medio de una fila.
Una fila cualquiera, daba lo mismo, si sacaba un pasaje
se podría sentar y cerrar los ojos.
La sensación del piso flotante se hacía cada vez más intensa, estaba muy mareada. Cuando estuvo frente a la ventanilla el empleado la miró con
extrañeza,  ella pudo darse cuenta que le preguntaba
algo con insistencia, pero no entendía, oía palabras que le sonaban ajenas,
Para salir del mal momento, musitó un “sí”, que fue casi
inaudible, pero el vendedor pareció comprender y le extendió un pasaje. Ella le entregó el rollito  de billetes rescatado del tarro de arroz  que él abrió, desconfiado. Luego de contarlo le entregó un vuelto mínimo.  

Y después un enorme vacío en el estómago y en la cabeza…. La nada.

La despertó un intenso estado nauseoso, y una jaqueca feroz. El micro, iba por la ruta rumbo vaya uno a saber donde.
No recordaba nada…  La tarde caía y a lo lejos se veían tenues lucecitas de algunas casas desperdigadas en medio del campo.  En un impulso, se acercó, vacilante, al conductor y le pidió que le permitiera bajarse, aduciendo
que iba a una de las casas del poblado que se veía a lo lejos. El hombre, que hablaba entretenidamente con su relevo, ni le prestó atención y entrando con cuidado en la banquina frenó para dejarla bajar. ¡Un pasajero menos!
Bajó, y comenzó a caminar campo traviesa. Le pareció que el aire la reanimaba un poco. No tenía idea de donde estaba ni adonde se dirigía… lo mismo daba, en definitiva solo buscaba un lugar donde acomodar ese pobre cuerpo que acusaba recibo de todo lo vivido en los últimos tiempos.
El malestar iba en aumento… le costaba caminar, le pesaban las piernas, sentía un enorme cansancio.

Un poco más adelante una cortina de árboles invitaba al misterio, iba derecho hacia ellos. Cuando estuvo cerca vio un sendero que se abría en medio y lo tomó. Pronto iba a caer la noche.

¡Había hecho la peor elección! Sin embargo, como no podía pensar, era inconsciente del peligro.

Iba caminando lentamente, se sentía muy mal,
casi al borde del desmayo, cuando vio una figura a lo lejos… Pensó que la lucidez la abandonaba por completo, No era posible encontrar a alguien ahí, en ese lugar de tremenda soledad. Las casas parecían estar a kilómetros de distancia!  
Paró y respiró profundamente tratando de oxigenar sus pulmones y de paso su cerebro que le jugaba tan mala pasada. Cerró y abrió los ojos varias veces para verla desaparecer, pero fue inútil. La figura se hacía más nítida a medida que se acercaba.
Cuando se dio cuenta que era un hombre, se asustó. ¡Estaba totalmente indefensa y en estado de extrema debilidad!
¿Qué había pasado con su vida para que todo fuera tan difícil? Trataba de pensar, de imaginar cómo y hacia donde escapar, pero tenía los pies clavados al suelo y ya ni podía moverse. La figura se acercaba y a pesar de la incipiente penumbra  alcanzó a divisarlo. Era muy alto y de gran contextura, su piel parecía bastante morena.
El pelo largo, crenchudo y oscuro daba  un marco particular a un rostro tan hermoso como fiero.
Sintió terror… estaba perdida. El sujeto se acercaba, sin prisa y sin pausa… ya lo tenía muy cerca. Quiso gritar y no le salió la voz….  Pensó que Dios la había abandonado definitivamente y la congoja comenzó a estrangular su garganta… la primera lágrima rodó, helada, por su mejilla.
Las ropas raídas del sujeto rozaron las suyas. Se había parado frente a ella y la miraba fijamente con una mirada intensa y penetrante. El ruido de las hojas que abanicaba el viento era una sinfonía que tomaba por asalto el lugar.
Ella quería correr, huir, pero no podía moverse. Los ojos clavados en los suyos la paralizaban, la atravesaban! ¿Qué esperaba para abalanzarse, para golpearla, o herirla, matarla, o…?
Solo la miraba fijamente… De repente levantó sus brazos con lentitud, acercó sus manos a su rostro lloroso y secó con sus dedos ásperos, las lágrimas. Ella advirtió que sus muñecas estaban muy lastimadas, habían sangrado y tenían marcas  como de ataduras.  Al bajar instintivamente la mirada chocó con varias manchas de sangre en su camisa. Entonces, pese al temor,  lo miró a los ojos de nuevo… El miedo le abría paso a la curiosidad. Se dio cuenta que ese rostro fiero reflejaba un enorme sufrimiento. La mirada intensa que le había parecido aterradora, dejaba trasuntar algo más que no podía definir.   Se preguntaba si lo que ocurría era real o producto de su estado calamitoso. La cordura la abandonaba. El sujeto tenía sangre en las ropas y en las manos... "¿Qué me pasa? ¡No puedo apiadarme de un asesino...! Loca, me estoy volviendo loca" fue lo último que alcanzó a pensar, en un paroxismo de terror y angustia. 
Sin querer, se fue aflojando hasta que, de repente, las piernas se hicieron de algodón y ya no pudieron sostenerla más. Las fuerzas la abandonaban definitivamente… "Es el fin...." fue lo último que acudió a su mente.
Antes de desmayarse alcanzó a sentir que los brazos de él la rodeaban y sostenían evitando que cayera pesadamente sobre la tierra.

Cuando se despertó, era tarde en la noche. Estaba en una cama  humilde pero limpia y bastante cómoda. Un par de viejos revoloteaba a su alrededor sin hacer preguntas. La anciana le trajo un humeante plato de sopa y le sonrío amablemente.
Mejor no decir nada. ¡Hacía tanto tiempo que nadie la atendía, que nadie le servía un plato de comida!  Se sentía  mucho mejor. Como la pareja no le decía nada, ella preguntó como había llegado hasta allí.
Entonces le explicaron que una mujer del puñado de ranchos que conforman el poblado había ido a la capillita  a rezarle al Cristo, como todas las tardes,  pero cuando llegó descubrió que lo habían robado. Habían desclavado el Cristo de la cruz y se lo habían llevado. Alarmada, dio aviso a los vecinos y algunos, los que pudieron, salieron a buscar al ladrón y tratar de recuperarlo… Al ladrón no lo encontraron, al Cristo menos, solo la  habían encontrado a ella, desmayada, sobre una especie de colchón de hojas y tapada  con una camisa de hombre vieja y manchada. Entre varios la pudieron subir a un  carro para traerla al poblado y cuidarla.

Las últimas palabras las escuchó apenas. Se sumergió en un sueño tan profundo como reparador hasta la mañana siguiente. La despertó el olor a pan recién hecho; un enorme y tazón de leche caliente la  estaba esperando. Fue durante el desayuno que se animó a contarles el extraño cruce en el camino de la arboleda . El matrimonio dedujo que se había tratado del ladrón del Cristo.

¡Sí, había sido el ladrón del Cristo!
Al fin la suerte se acordaba una vez de ella, por  lo menos el malviviente no le hecho nada, pensó reconfortada.

Luego de desayunar pidió que le dijeran donde estaba la capillita. Quería ir a agradecer, estaba viva,  tenía la panza llena, había dormido bajo un techo y se había salvado de un loco suelto o peor que eso. Cuando llegó, se cruzó con un paisano que le preguntó como estaba y le comentó alborozado que alguien había recuperado el Cristo porque ya estaba de nuevo en la cruz.
Entro cabizbaja  y cayó reverencialmente ante la humilde  pero enorme cruz y rezó… rezó fervorosamente largo rato agradeciendo el milagro de la vida, de ese nuevo comienzo luego de una noche de terror e indefensión, la peor noche de su vida. 

Cuando se levantó para acercarse y tocar al Cristo robado con su mano, alzó su rostro para mirarlo por primera vez y el corazón le dio un vuelco, un estremecimiento recorrió su cuerpo y volvió a caer  de rodillas, el rostro bañado en lágrimas…

 ¡Hay miradas que no se olvidan jamás!



A.B.